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DANZA RÚSTICA

 


Por una de esas conjunciones caprichosas del destino, Bea y su abuela Colette nacieron el mismo día del mismo mes.

Desde que Colette marchó de su Lyon natal, a la muerte de Josep, quien convirtió su exilio forzoso en voluntario durante las últimas cinco décadas, puso toda su pasión en su nieta, cuya idéntica inclinación por la música y la danza, heredó, indudablemente, gracias al inexorable designio de las Leyes de Mendel, eximiendo de esta virtud a su madre.

-"Queguida" Bea, "llegagé" a Barcelonne en dos días. "Espégame" en la estación del metgo “du Liceo”. "Guagdo" una "sogpgresa" "paga" ti, "pog " nuestgo" cumpleaños. 

Bea, tras la alegría que le infundió el mensaje de voz, corrió a preparar el recibimiento de su abuela. 

Con la inestimable ayuda de sus "compis" del “insti” y sus íntimos de la academia de ballet clásico, pergeñaron una idea “básicamente genial”: una "flashmob" de danza en el metro del Liceo.

Tal era la fama con que Colette era recordada por su devoción por la Lírica, la Opera y los Clásicos.

Dicho y hecho, mientras conspiraban en el interior de los vagones del metro de la línea 3, tomando medidas, estudiando el espacio, la iluminación, y la perspectiva, deliberaban si sería mejor una “mussette” campestre, un “minuet “cómico o una “contradanza francesa”. Finalmente hubo veredicto: Sería ésta última, una danza rústica aldeana, debido a las limitaciones rectangulares del escenario.

Así que, llegado el momento, y una vez confirmadas las coordenadas espacio-temporales del “show”, distribuidos a lo largo del vagón de cola, veinte sospechosos personajes extrañamente ataviados, maquillados y semi-ocultos con gabardinas y otras prendas demasiado holgadas para sus anatomías, esperaban la señal. 

- Recordad: irá vestida de negro tal como me indicó, y llevará un pañuelo azul en el cuello.

- Ahí esta! ...sentada justo al final del vagón…Que mona!, con su bolsito azul a juego …

- Ok chicos, ¡ADELANTE!

 

Y comenzó a sonar la música ascendiendo gradualmente, desde el amplificador Marshall que a duras penas había podido camuflar el benjamín de la reunión, aficionado a conectarlo a su guitarra Fender los fines de semana.

 

Poco a poco, los viajeros allí presentes contemplaban con asombro como iban despojándose de los abrigos, y mostrando los vestidos coloniales al son de la rústica danza.   Evolucionaban en un frenesí de enlaces y contra enlaces por los codos, a lo largo del vagón.  ¡Cada vez que se cruzaban, gritaban “hey!”, hey!”, y la gente aplaudía. 

 

Por fin, el convoy entró en la estación operística, y finalizó el” show”, transmitido en directo por “Periscope” para deleite de las nuevas generaciones digitales.

 

Bea, acalorada por la emoción, y con los mofletes más sonrosados que nunca, se dirigió a Colette, aferrada a su bolso entre las piernas, sorprendida por tal efusión musical: 

 

- ¡Feliz cumpleaños, Colette!

 

- ¿Disculpe?, - respondió la mujer de negro-, apretando aún más su bolso, por si los “vuelos”.

 

De pronto, los veinte participantes abrieron los ojos y se quedaron literalmente helados.

 

- ¡Dios mío, nos hemos confundido de abuela! - aterrada, les gritó Bea a sus compinches.

 

Justo en ese instante, se abrieron las puertas del vagón: 

 

Vestida con una chupa de cuero negro, con el pelo de color lila, pañuelo azul i con sendos “airpods “en las orejas, cual pendientes futuristas, entraba Colette, identificando de inmediato a su nieta con la cara desencajada por el desenlace:

 

- ¡FELIZ CUMPLEAÑOS BEA, “MI AMOG” …!

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