EL GUÁ CHIVA Al Yoni le decía su madre, cuando era niño, que tenía que leer más y dejar de una vez las bolas de vidrio que atesoraba en un pequeño saco de piel que siempre llevaba consigo. Que eso eran zarandajas y que nunca llegaría a ser un hombre de provecho. Ni idea de qué narices podía significar eso. El enano pasaba todas las tardes con la pandilla de su calle jugando y apostándose la bolsa de canicas de colores. Tardes solamente interrumpidas por la hora del bocadillo. A la voz en grito de «¡a merendar!», corrían todos a su puerta sin excepción, llenos de churretes y sudando a más no poder. Y donde comía uno, comían cinco. Con una perra gorda, por si acaso perdía todas las bolas y había que recomprar alguna, una cuerda de esparto como refuerzo de sus raídos pantalones y un gorro de lana cubriéndole la cocorota, contaba después de cada partida el botín reunido y se llenaba los bolsillos con el preciado tesoro, regresando al atardecer, hecho un pequeño bróker ...
Al final, todo tiene un sentido casi reparador, sobrehumano. Dicen que algunos dioses juegan con el destino de los humanos. Sus minúsculas existencias sirven para entretener la ociosidad en la magnificencia del paraíso que les corresponda, ya sea el Valhalla, el Olimpo, la Yanna o el Cielo. Pero ¡Ay de aquel! que juegue a ser dios en las disputas entre mortales, pues en él fijarán sus ojos y medirán su destino por la osadía de su afrenta, mostrándole así el tablero por el que deberá discurrir al son del turno divino. Eso fue lo que aconteció con Nohokai, hijo de Kaleu, jefe del poblado maualea en la falda de un volcán de una isla diminuta del pacífico. Valeroso guerrero, pero imprudente y necio, quiso desafiar al dios que estaba de guardia, retándolo a nombrarle emperador de las islas. Lo invocó al tercer día tras humillar a su oponente, Keanu, un pacífico pescador de marlines y dorados que se ganó el respeto de sus habitantes con sus profundas reflexiones ante cualq...